Según he sabido por intrigas familiares que vuelan mucho más deprisa que los aviones, mi madre Dorita, una santa, a pocas semanas de cumplir ochenta y seis años, se ha reconciliado con Carolina, su única hija viva, después de una guerra fría entre ambas que ha durado años, y me ha dejado saber, por apremiantes mensajes de voz enviados al celular de mi esposa, que he obrado mal al no regalarle un ejemplar de «Los golpistas» a mi hermana Carolina, y que, al privarla de ese obsequio de dudoso valor, la he humillado y discriminado, y que, para resarcirla del daño que le he infligido, debo hacerle llegar no tan solo un libro, sino unos cinco o seis, de modo que Carolina pueda repartirlos como fruta fresca entre sus amigas y sus amantes. En aquella ocasión, mi madre Dorita le dijo a mi hermana Carolina, a unos pasos del cuerpo sin vida de la poeta, que, por respeto a la memoria de aquella hermana tempranamente fallecida, debía retirar los juicios a la familia, unos juicios que Carolina había entablado a nuestra madre y a uno de nuestros hermanos, reclamándoles sin fundamento ni justificación unos dineros. Parecía una decisión sencilla: si mi madre me pedía que le mandase un libro a Carolina, y Carolina decía que se moría de ganas de leerlo, no perdía nada despachando el libro por correo, o pidiéndoles a mis editores en aquella ciudad, la ciudad del polvo y la niebla, que dejaran unos ejemplares de la novela en casa de mi hermana insatisfecha.
Author: (abc)
Published at: 2026-02-28 22:55:49
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