Mitad insulto, mitad halago

Mitad insulto, mitad halago


Así, una buena prueba del algodón de la salud democrática de una sociedad sería su tolerancia a la blasfemia, no parece un mal acuerdo que todos renunciemos a ejercer la violencia sobre otros a cambio del leve incómodo de que exista la posibilidad de resultar ofendidos en un momento dado. Pero es que, además, se puede hacer con mucho arte: del clásico quevediano («Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un pez espada mal barbado») a los mandobles de Nabokov a Dostoevsky («mediocre con destellos de humor involuntario»), pasando por Mark Twain desatado a propósito de Jane Austen («cada vez que leo 'Orgullo y prejuicio', quiero desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia») o Gustave Flaubert a George Sand («una gran vaca rellena de tinta»). Descartado el tonta, por pueril como improperio, en exceso naif incluso (he visto a niños de 4 años encajar con mayor dignidad que la analista política, con perdón, un tonto espetado a la cara y con más rabia) y descartado también el tetas (por motivos que, de tan obvios, se antojan prescindibles de ser enumerados) deduzco que el problema radica, pues, en el sintagma «mitad».

Author: (abc)


Published at: 2026-02-14 18:11:51

Still want to read the full version? Full article