La retransmisión del 11-S inauguró el nuevo orden que, como una cadena de guirnaldas, enseguida mostró el derribo de la estatua de Sadam, un clásico indicador de fin de régimen, antes de emitir su condena a muerte en la horca, los retazos virales del linchamiento a Gadafi y la captura de Bin Laden. Sin adentrarse en la necesaria superación de la venganza en la justicia, que invalidaría la expresión empleada por Pam Bondi sobre la ira de la justicia, ni en el esperpéntico baile de narrativas de la derecha ante los giros de guion de Trump, que truncan, como finalmente se atrevió a publicar El País (https://elpais.com/economia/2026-01-06/las-empresas-espanolas-en-venezuela-el-gran-negocio-que-no-pudo-ser.html), los intereses empresariales patrios, que han movilizado a tantos medios y cloacas institucionales, lo que se ha perdido es la palabra. No es que las sociedades militares se opongan a las sociedades comerciales, como desarrolló Agamben, sino que, como se obstina Trump en demostrar, se superponen: manifiesta en cada acto que la tradición política por la que se opone la fuerza a la palabra es una farsa y nos instala en el desastre.
Author: Rebeca Baceiredo
Published at: 2026-01-07 19:17:27
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