Los militares españoles no participaron en la invasión que se llevó a cabo el 20 de marzo de 2003 ni en los ataques que se dieron por finalizados el 1 de mayo; formaron parte de una fuerza multinacional autorizada por Naciones Unidas (resoluciones 1483 y 1511) con el objetivo de «proporcionar estabilidad y seguridad» en Irak tras la invasión. Lo cierto es que el entonces presidente, sin currículo en asuntos de Estado y menos aún en política exterior, adoptó una posición arriesgada pero lo hizo con la red de seguridad que le proporcionaba el rechazo explícito de muchos españoles a la guerra y después, incluso, de haber tanteado el terreno dedicando un manifiesto desplante a la bandera estadounidense en el desfile del 12 de otubre de 2003. El riesgo llega de la mano de sus dos protagonistas: Sánchez acuciado por una debilidad interna que le empuja a exhibir rivalidad frontal con Washington, desmarcándose incluso de los principales socios y del proclamado deseo de forjar una defensa autónoma europea -es el único líder de la Alianza que discrepa del aumento del gasto en defensa y también ha rechazado de plano la disuasión nuclear-, y un Trump imprevisible, impulsivo y violento que juega a dominar el mundo con bombas y aranceles y no duda en añadir al cóctel de amenazas y represalias el cortocircuito económico, un disparo directo a la línea de flotación de sus «enemigos».
Author: Marisa Cruz
Published at: 2026-03-04 21:57:46
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