La respuesta europea a las declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia ha sido inmediata: alarma ante la torpe expresión de no excluir el uso de la fuerza, evocaciones del siglo XIX, y compendiosa sensación de contemplar el certificado de defunción de la OTAN. Asistimos a una controversia puramente nominalista, cuando lo que está en juego no es un remedo de viejas prácticas imperiales, sino algo más grave e incómodo de asumir: la constatación de que, en el siglo XXI, la geografía vuelve a señorear, mientras la UE carece de peso específico en Exterior y Defensa, y que quien ha ejercido hasta ahora de árbitro internacional desprecia revestir sus intenciones, sus ambiciones, de la más mínima coartada de orden. La entrada de Dinamarca en la OTAN en 1949 incluyó, en la lógica jurídica entonces indisputada, Groenlandia, y el acuerdo bilateral americano-danés de 1951 consolidó definitivamente la situación, al permitir a Estados Unidos desempeñar funciones esenciales de defensa en la isla, preservando formalmente la soberanía danesa.
Author: Ana Palacio
Published at: 2026-01-07 21:53:47
Still want to read the full version? Full article