El ingeniero

El ingeniero


Eran más de cuarenta mil soldados y, al no haber sitio para tanta gente, se vieron obligados a dormir todo ese tiempo “en suelos de graneros, molinos y sótanos”, cuyas corrientes de aire estuvieron a punto de dejar “sordo como una tapia” a un cabo de infantería: Buster Keaton (My Wonderful World of Slapstick, localizable en castellano como Slapstick, sin más); y una noche, volviendo “de una partida de cartas”, Keaton llegó a su acuartelamiento y no oyó ni el santo y seña que le pidió el centinela ni los dos gritos que le pegó después. Por supuesto, no ha faltado quien, recientemente, ha intentado ver una toma de partido en ello, saltándose a la torera el carácter, las actitudes y el espíritu de la cinematografía de aquel californiano de Woodland Hills, hasta el extremo de que directores tan poco sospechosos de simpatizar con el Sur como Quentin Tarantino han tenido que salir a defenderlo; pero, antes de abandonar ese capítulo, quizá convenga recordar lo que dijo él mismo en su autobiografía —escrita en colaboración con Charles Samuels— a propósito de la única guerra en la que participó, aunque fuera haciendo “el baile de la serpiente y otras rutinas” de burlesque para entretener a la tropa. En El gran Buster, el documental de Peter Bogdanovich, el mencionado Quentin Tarantino añadía un par de motivos que no se suelen colocar entre los primeros, aunque sean obvios para cualquier cinéfilo o cinéfila: que, de paso, es “una magnífica película de acción” y una demostración de que Keaton fue también un precursor por su forma de dirigir, por haber pasado de usar la cámara para contar un chiste a lograr que el cine, “en sí mismo”, fuera el chiste.

Author: Jesús Gómez Gutiérrez


Published at: 2026-02-07 21:03:29

Still want to read the full version? Full article