Ya llevan más de dos semanas atenazadas por la encrucijada que representa ver cómo su tradicional alianza con Estados Unidos -y en el caso de varias de ellas su normalización de relaciones con Israel- no les está garantizando la seguridad ni la estabilidad ante las represalias de Irán, ante la que, a la vez, muestran cautela y contención porque, a fin de cuentas, son conscientes de que tendrán que seguir viviendo con el gigante persa como incómodo vecino cuando las llamas de este conflicto se apaguen. Y una de las Monarquías que asisten a lo que está ocurriendo desde una posición más frágil es la de Bahrein, pequeño reino insular cuyo tamaño es inferior a la mitad de la provincia de Guipúzcoa, de 1,7 millones de habitantes, donde no sólo se están sufriendo las graves consecuencias económicas que comparten todos los países del Golfo por los ataques diarios con misiles y drones -ayer mismo se confirmó la suspensión del Gran Premio de Bahrein de Fórmula 1-, sino que se dispara la vieja tensión por la cicatriz religiosa que caracteriza a la nación. Desde entonces, ha constituido el pulmón de la hegemonía del Pentágono en Oriente Próximo, responsable de tres puntos estratégicos vitales para la economía global, como se está viendo estos días, como son el Estrecho de Ormuz -ahora cerrado al paso de buques por el régimen de los ayatolás-, el Canal de Suez, en Egipto, y el Estrecho de Bab al-Mandeb, un paso natural entre el mar Rojo y el océano Índico por el Golfo de Adén, y donde en los últimos años se han producido distintos ataques por parte de los hutíes, los rebeldes yemeníes patrocinados por Teherán dentro de su Eje de Resistencia.
Author: Eduardo Álvarez
Published at: 2026-03-15 23:26:04
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