Por suerte, la mente de Ozick, como la de Edna O’Brien —otra escritora de su quinta, de identidad irlandesa católica renegada, que también fue una colega apreciada por Roth—, no solo se ha mantenido sana, sino que no ha perdido un ápice de su agudeza, ni se ha desentendido de la realidad (en sus últimas entrevistas no dudó en hablar de Trump). El lastre de esa educación rígida, que lo encaminó a la existencia esperada para él, con la profesión estable, el matrimonio y la familia como pilares, pesa asimismo en los otros frentes abiertos que deja entrever, a saber: el enigma del padre, sobre quien se cierne un episodio un tanto turbio (una época en la que dejó a su esposa para marcharse a recorrer el mundo, de lo que trajo una reliquia que terminó a manos del protagonista, algo que se entrecruza con el resto de la historia); la atracción, no admitida pero evidente, por la que fue su secretaria (narrada con una sutileza magistral: no es fácil expresar el afecto de un señor educado en reprimir las emociones); y el difícil entendimiento con su propio hijo, que, más allá del habitual choque generacional, encarna el contraste entre dos mundos, el del pasado del anciano y el nuevo, en construcción, del joven, apasionado del cine. El protagonista tiene rasgos que pueden ser extrapolables a los veteranos chapados a la antigua de cualquier época (como la condescendencia con la que trata a su asistenta, una mujer judía recién llegada que no puede dedicarse a lo suyo por falta de homologación: se asombra, por ejemplo, de cómo la lectura de unos versos en voz alta “la transforman de una asistenta doméstica intrascendente en una mujer que piensa”); pero lo interesante no es tanto el retrato de una vejez como el testimonio de los últimos estertores del viejo mundo, en forma y fondo; cómo a través de la experiencia individual, y su mirada hacia lo vivido, se reflejan los pilares de un orden en declive.
Author: Cristina Ros
Published at: 2026-03-03 22:19:14
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